Exposición “Murmures et espoir” – Omar Berrada

Exposición visible hasta fin de junio.

Inauguración el jueves 14/04 a las 20H. 

Un gran descubrimiento en pintura es el de la simplicidad, y lograrla siempre viene a ser la señal de una culminación. En Omar Berrada, la simplicidad del cromatismo puede remitir por supuesto a los colores de Marruecos como a los de la vida : el verde de Ifrane, el rojo de Ouzoud, el azul de Essaouira, el almagre del Alto Atlas o de la Médina, deslumbrantes en el blanco de Casablanca… Pero procede sobretodo de una poética, en la que la inmediatez de los colores lisos crea la forma a partir de contrastes abruptos de la superficie cromática, como lo experimentaran otrora los Nabis y Miró.

Estos colores, que también son imitaciones de manchas, pueden hacernos pensar en una técnica elaborada por grandes nombres del arte del siglo XX. Sin embargo, lo que observamos  aquí son representaciones de regueras, y no tanto resultados de drippings : derrames más que goteos, y ondulaciones más que manchas. Los bordes de las formas y de los seres parecen instaurarse como evidencias. Por presentimiento tanto como juego, el artista nos enfrenta así con nuestros orígenes verdaderos. Todo individuo nace en efecto de una célula, y la misma vida se define, en los primeros océanos del mundo, por una membrana movediza que cerca lo prebiótico con líneas infinitamente variables pero siempre curvas, sin ninguna recta, que los biólogos llaman "mosaicos fluidos".

Esto parece muy sencillo. Por eso, quizás, los rostros líquidos y los seres híbridos de Berrada despiertan en nosotros profundos recuerdos, en donde nos topamos con el arte bruto y la pintura naïve, el surrealismo y las artes primitivas, con sus bosques de símbolos. No sólo Miró, sino también el onirismo de Masson, Dalí, Basquiat, Dubuffet o Arp, parecen haber dejado una huella en esta poética del derramamiento líquido, que se resuelve finalmente en embriones y caras, hasta en figuras eróticas.
 
El ojo, que "existe en estado salvaje", según André Breton, recompone aquí en su unidad prístina a seres dobles de perfiles empotrados, en un proceso de retorno androgínico hacia caras que son gotas, y fetos que son máscaras cuya función nos sigue cuestionando.
 
Del individuo a lo indiviso, de lo indeterminado a lo indivisible, de la identidad a la alteridad, las esculturas y los cuadros se van respondiendo, desplegando seres vagamente antropomórficos, provistos de micelias y flagelos, o coronados por crestas y excrecencias trilobíticas. 
De esta manera, el arte de Omar probablemente no exprese sino la certeza de que la vida es un proceso polimórfico —aunque siempre dinámico—, como puede serlo, movido por extraños atractores, el viento azul que cruza un vuelo de gaviotas. 
 
G.T
 
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