Retrospectiva Georges Franju - Octubre 2012

Filmoteca española / Cine doré 

Después del éxito de la retrospectiva en San Sebastián, la Cinemateca de Madrid nos presenta durante el mes de octubre las películas de Franju, director que revolucionó el cine documental y el género fantástico con películas como Le Sang des bêtes o Les Yeux sans visage.

 

Sala de proyección: Cine Doré C/ Santa Isabel, 3 - 28012 Madrid

 

  

 Programación Retrospectiva Georges Franju (PDF) 

Más información en la Portada de la Filmoteca Española

 

 

Georges Franju, lejos de la Nouvelle Vague, cerca de Louis Feuillade

  Nacido en Fougère, en el departamento bretón de Ile-et- Vilaine, recibe una formación que él mismo califica de “breve y básica“. Siendo adolescente, lee con avidez Fantômas, de Pierre Souvestre y Marcel Allain, así como las obras de Sigmund Freud y el Marqués de Sade. Trabaja en una compañía de seguros y como escenógrafo, entre otras cosas, antes de hacer el servicio militar, que termina en 1932. Fue entonces cuando Georges Franju conoce a Henri Langlois, dos años menor que él, en un encuentro que será decisivo. Se conocen en una imprenta donde trabaja y donde, según Franju: “Él ponía desorden y yo orden”. Su amistad se nutre de una pasión común por el cine que les lleva a dirigir juntos la película Le Métro (1934), y a crear, en diciembre de 1935, el cineclub “Cercle du cinéma”. De esta necesidad de mostrar películas poco comunes, clásicas, surgirá la necesidad de buscarlas y conservarlas, y por lo tanto, la de crear una filmoteca. Así, Georges Franju y Henri Langlois, junto con Jean Mitry y Paul Auguste Harlé, mayor que ellos, fundan el 9 de septiembre de 1936 la Cinémathèque française, una modesta asociación sin ánimo de lucro que tendrá un destino bastante excepcional. Así, la vida de Georges Franju estará ligada durante más de una década a esta nueva asociación y, más aún, a la Fédération internationale des archives du film (F.I.A.F.) que Langlois crea en 1938 con sus homólogas estadounidense, inglesa y alemana. Georges Franju se convierte en su secretario ejecutivo hasta 1945, cuando pasa a dirigir la Academia de Cine para organizar conferencias internacionales sobre el arte cinematográfico.

Por lo tanto, esta primera etapa de la vida de Franju está estrechamente ligada a la conservación de las películas y el conocimiento de la historia del cine desde sus orígenes. Se convierte en uno de los mejores especialistas del cine mudo francés y en gran admirador del cine de Georges Méliès y Louis Feuillade, a los que rendirá homenaje en sus películas de los años 50 y 60 (Le Grand Méliès, cortometraje de 1952, Judex, largometraje de 1963 y Nuits rouges, largometraje de 1974, su última película para el cine). En 1948, la productora Forces et Voix de France le encarga una película documental sobre los mataderos de París: Le Sang des bêtes, su primer cortometraje profesional en 35 mm. Dirigirá catorce hasta 1958. Estos catorce cortometrajes, todos por encargo, le convierten en uno de los especialistas indiscutibles del cortometraje artístico de los años 50. Le Sang des bêtes es una película clave en la producción cinematográfica de la posguerra. Una muestra de la maestría de este nuevo cineasta que realiza una película sin concesiones, cuyas imágenes marcarán a generaciones de espectadores por su realismo documental, aunque representan la violencia y el sacrificio de los animales sin complacencia alguna. 

 
Franju nos ofrece una presentación didáctica y terrorífica al mismo tiempo por su realismo, su frialdad y el humor negro que en ocasiones despunta. En ella encontramos numerosas obsesiones visuales, encuadres e imágenes insólitas que marcarán toda la obra del director. Sin embargo, todos los espectadores recuerdan la letra de la famosa canción de Charles Trenet, La Mer, que un carnicero de La Villette entona mientras en la pantalla aparecen las imágenes de cadáveres de ovejas degolladas y los ríos de sangre que discurren por el suelo. El imaginario surrealista del cineasta colecciona imágenes insólitas: un maniquí desnudo, el pabellón de un fonógrafo, la reproducción de una pintura de Jean Renoir (La lección de piano), una ronda de niños, un hombre sentado solo en una mesa redonda, unos jóvenes besándose. El catálogo visual de Franju ya está presente en este prólogo, que alude a Jean Vigo y evoca los contrastes metafóricos de Luis Buñuel. 
 
Entre los otros 13 cortometrajes de este período inicial, el segundo título clave es, sin duda, Hôtel des Invalides, otra película encargada, una vez más por Forces et Voix de France con la participación del Ministerio del Ejército y realizada en 1951, después de un cortometraje menos
personal, En passant par la Lorraine. Al igual que en Le Sang des bêtes, Franju presenta el barrio que rodea el edificio, su arquitectura, su parque, los transeúntes y las palomas. La voz en off de Michel Simon, en tono irónico, guía al espectador por las salas del museo presentando los cañones, las armaduras de los reyes de Francia (Francisco I, Luis XIII, Luis XIV), la sala de banderas, la de las estatuas y pinturas y la de objetos militares.
 
Alternando con estas imágenes bélicas, Franju nos muestra las de una pareja de enamorados que ríen, la imagen de un inválido en un carro empujado por una enfermera, un grupo de hijos de militares cantando Auprès de ma blonde, un cojo, una niña asustada por la estatua de un soldado; películas de archivo de la guerra de trincheras y sobreimpreso, el número de víctimas de la Primera Guerra Mundial, sus muertos, heridos e inválidos y también para terminar un hongo atómico. La película se cierra con una bandada de pájaros que pasa cerca de la cúpula del edificio y con esta frase que se escucha en contrapunto: “Y la blanca paloma que canta día y noche”. 
 
En 1958, Franju dirige un cortometraje de ficción, La Première nuit, basado en el guión de la actriz Marianne Oswald. Es una producción de Argos films, la famosa sociedad de Anatole Dauman y Stéphane Lifchitz, con imagénes de Eugen Schüfftan, música compuesta esta vez por Georges Delerue y montaje de Henri Colpi. Como se puede apreciar, a finales de los 50, Georges Franju se rodea de los colaboradores creativos con más talento. Apuesta por la calidad profesional, el “cine de calidad” se podría incluso decir, alejándose del amateurismo o la osadía asumidos por los primeros largometrajes de la Nouvelle Vague. La Première nuit es una ensoñación poética sobre el metro de París por la noche. Ese es el proceso que sigue Franju: parte de lo cotidiano más prosaico, un medio de transporte que utilizan los parisinos y lo convierte en un maravilloso universo, propicio a la aparición de una visión sobrenatural. 
 
Volvemos a encontrar esta calidad francesa en la primera película que realizará por encargo de los productores. El joven actor Jean-Pierre Mocky es el impulsor del proyecto. Adapta la novela La Tête contre les murs en colaboración con su autor, Hervé Bazin, una novela de tesis, en la que el autor realiza una crítica de la institución psiquiátrica y de una determinada burguesía francesa. Durante toda la década siguiente, volverá a aparecer el principio de la adaptación literaria, básico en la filmografía del cineasta. Franju alternará, por un lado, novelas populares de la literatura de segundo nivel: Les Yeux sans visage, Judex, una tendencia que culmina con los guiones originales de Pleins feux sur l’assassin (1961) y Nuits rouges con, por otra parte, adaptaciones de novelas que pertenecen al patrimonio literario reconocido: François Mauriac, con Thérèse Desqueyroux, Jean Cocteau con Thomas l’imposteur (1965), y Emile Zola con La Faute de l’abbé Mouret (El pecado del padre Mouret, 1970).
 
Cuando en 1958, Georges Franju pasa al largometraje, tiene 46 años y es ya un veterano del cortometraje. Nada queda del joven realizador sin experiencia. El proyecto de
este primer largometraje no es suyo. Estamos en 1958 y el mito del joven director todavía no existe en la producción francesa previa a la Nouvelle Vague. 
 
La película revela una gran maestría en la puesta en escena y la dirección de actores. La secuencia con la que comienza la película, que representa el trayecto en solitario de François en motocross es magistral: a través de la imagen se muestra la rebelión del personaje y su amor por el riesgo, su insolencia y marginalidad. La película contrapone la conducta transgresora del hijo incendiario a la represión del padre, Maître Gérane, que Jean Galland interpreta con un sadismo muy controlado. Aunque, obviamente, lo más llamativo es la inmersión en el mundo psiquiátrico. Franju aplica aquí su minucioso realismo, que ya había quedado patente en sus cortometrajes. Jean-Luc Godard es uno de los primeros admiradores de esta película de Franju, a la que dedica una reseña en Cahiers du cinéma (“Une loi obscure”, Cahiers du cinéma nº 95, mayo de 1959). 
 
Después de este primer éxito en la adaptación literaria de una novela de tesis, Franju acepta un encargo más comercial, la adaptación de una novela de la serie Fleuve Noir escrita por Jean Redon. Basándose en una novela bastante mediocre, Les Yeux sans visage, Pierre Boileau, Thomas Narcejac y Claude Sautet escriben y transforman el guión, que destaca por su construcción y su mecánica dramática. Franju lo convertirá en una de sus películas más personales a través del retrato de un cirujano megalómano, una vez más interpretado, con una sorprendente sobriedad, por Pierre Brasseur. 
 
El argumento es conocido: la hija del profesor Génessier ha quedado horriblemente desfigurada en un accidente de coche causado por su propio padre. El cirujano quiere dar a su hija un nuevo rostro y al mismo tiempo conseguir realizar una operación muy complicada, que le aportará la gloria profesional. Pero para poder hacer el trasplante múltiple necesita donantes de rostro. Con la complicidad de su sumisa y diabólica asistente (Louise, interpretada por una sonriente Alida Valli) organiza el secuestro de chicas jóvenes a las que extrae la cara para dársela a su hija. 
 
Esta película constituye un gran logro ya que Franju transfigura los códigos del cine de género para transformar este viaje hacia el horror en una meditación poética sobre la locura. Sus dos primeros largometrajes sitúan en un lugar especial al nuevo cineasta de 50 años. Franju enmarca su obra en una cierta tradición del cine clásico francés, el de Jean Grémillon (Pattes blanches, 1948), y Jean Cocteau (Orphée/Orfeo, 1950), Henri-Georges Clouzot (Les Diaboliques) o Claude Autant-Lara (Sylvie et le fantôme, 1946) y Julien Duvivier (Voici le temps des assassins, 1956): un cine en las antípodas de la búsqueda formal de la Nouvelle Vague y su informalidad narrativa. […]
 
La exploración onírica ya estaba muy presente en las secuencias de La Tête contre les murs y Les Yeux sans visage. Y se despliega en todo su esplendor con la versión de los años 60 de Judex que Franju decide realizar a partir de un guión de Jacques Champreux y Francis Lacassin. Inicialmente, era un encargo para televisión. Los autores preferían reactualizar Fantômas pero el encargo hace hincapié en Judex el justiciero moral que reprime el delito y la prevaricación. Aunque no es estrictamente una nueva versión del modelo original de Louis Feuillade (Judex, 1916 y La Nouvelle mission de Judex, 1917), Jacques Champreux y Francis Lacassin conservan de éste los episodios emblemáticos optando deliberadamente por el anacronismo y la fidelidad al espíritu lúdico del original.
 
Judex es probablemente la película más redonda de Georges Franju, y la más ambiciosa. Diez años más tarde retomará y desarrollará la secuencia de la azotea del edificio en Nuits rouges. También marcará profundamente a Jacques Rivette, admirador de Judex (véase su artículo en el número 149 de “Cahiers du cinema“, noviembre de 1963) quién a su vez retomará y desarrollará este tema de los tejados de París, en sus propias películas de los años 70 y 80.
 
La trilogía formada por Thérèse Desqueyroux, Thomas l’imposteur y La Faute de l’abbé Mouret revela la integración del universo de Georges Franju en la gran literatura clásica a través de Francois Mauriac, Jean Cocteau y Emile Zola. Hay que tener en cuenta que los dos primeros escritores contemporáneos participan en la labor de adaptación de sus novelas originales, firmando los diálogos fundamentalmente. Franju logra la hazaña de mantenerse fiel a su universo aunque subrayando al mismo tiempo ciertos aspectos más personales de su trabajo de cineasta: la descripción crítica de la burguesía provinciana de Mauriac y la mortífera locura de la guerra del 14 de Cocteau. 
 
La adaptación que hace Franju de Thomas l’imposteur restituye de manera brillante el mundo del cineasta de Les Parents Terribles (1948) y Orphée. En ella, el joven Fabrice Rouleau encarna con fragilidad y convicción al mitómano Guillaume Thomas, falso sobrino del General de Fontenoy, que llevará el engaño hasta la muerte partiendo a la primera línea del frente. 
 
La Faute de l’abbé Mouret está más condicionada por la interpretación de sus dos actores principales Francis Huster (el padre Mouret) y Gillian Hills (Albine) y su estética florida muy post-68. De hecho, la película no recibió una buena acogida de la crítica ni del público. Franju
pasa más de tres años sin rodar y acepta realizar para televisión La Ligne d’ombre (1973), con un presupuesto muy bajo. La televisión encarga a Jacques Champreux el guión de un serial popular, que será L’Homme sans visage (1975), serie de 8 episodios de 52 minutos, pero en el
año 1974 el guionista propone a Franju realizar un último largometraje para el cine (35 mm) a partir de la misma trama narrativa: Nuits rouges.
 
En Nuits rouges se percibe un verdadero placer de rodar, encadenar las inverosimilitudes y los vuelcos de situación como en los seriales de los años 1915-1920. Champreux y Franju sacan un inmejorable partido de las galerías subterráneas, los robots enmascarados y las fachadas de edificios, los tejados de París y las rupturas de tono. 
 
La película se estrena en malas condiciones en octubre de 1974 y el público no la entiende bien, no fue muy vista. Franju no se recuperará de un segundo fracaso consecutivo y deberá contentarse con realizar otros dos telefilmes, entre ellos Le Dernier mélodrame (1979), un título que suena a fin de carrera. Entre 1958 y 1974, Georges Franju sólo pudo dirigir ocho largometrajes en 16 años, uno cada dos años en promedio. Su obra sigue siendo muy especial dentro del cine francés de esa época que sería un error reducir a las películas de la Nouvelle Vague, minoritarias dentro del océano de la producción comercial de estas dos décadas. Sus películas hacen referencia principalmente a los clásicos populares del cine mudo, que el cineasta conoce a la perfección, y a las mejores adaptaciones literarias de los años 20. En aquel momento, tan sólo comparten esta cinefilia erudita un pequeño grupo de cinéfilos cuya principal referencia es el cine americano de los años 30 a los años 50.
 
Michel Marie, “Georges Franju, lejos de la Nouvelle Vague, cerca de Louis Feuillade”. En Casas, Quim; Iriarte, Ana Cristina (Coord.): Georges Franju, donosita-San Sebastián / Madrid; Donosita Zinemaldia –Festival de San Sebastián / Filmoteca Española, 2012.
 

 

 

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